jueves, 1 de enero de 2015

Roscas y Entuertos - Tres -

Tres

A las 5 de la mañana la viuda de Salvo se levantó para preparar la salsa y la pasta de sus famosos spaghetti alla carbonara que iba a ser acompañado por un vino blanco seco de la Toscana, un Arbia Ricasoli. 
Mientras amasaba la pasta su mente viajó hacia el pasado cuando conoció a a su novio y luego esposo Saverio Salvo en Italia hacia casi 90 años atrás.
Vinieron a la Argentina antes de la finalización de la guerra en el 45. Salvo instaló su primer taller de autopartistas para la Fiat. Luego incursionaron en la mecánica militar y fueron proveedores de Fabricaciones Militares hasta fines de los 90s. Y fueron diversificando sus negocios en obras de ingeniería civil como contratistas del Estado en todas las áreas posibles y en todos los gobiernos de civiles y militares. Edificios y campos constituían el resto de sus bienes. Amasaron una fortuna incalculable. Vivían mitad del año entre Buenos Aires y Milán.
Eduardo, su hijo, aprovechando la década de los 90s compró propiedades en los 4 continentes. Era abogado y eso le permitía no sólo vigilar la marcha legal de los negocios de su padre sino controlar las decisiones del Gruppo Salvo que se había constituido en Italia.
En los dos últimos años las decisiones las tomaba Eduardo Salvo, dado el debilitamiento físico de su padre Saverio. Ahora quedaría al frente del Gruppo Salvo.

Eduardo Salvo contemplaba a su madre Speranza amasando la pasta y pensando en su tío Chicho. Chicho no había asistido a los funerales de su padre porque estaba de viaje en Brasil ni tampoco sus hijos. Bueno, al fin y al cabo, nunca tuvieron una relación muy estrecha. Chicho ya se había casado por tercera vez, en cambio la familia Salvo jamás se desunió. Sus padres, fieles a la tradición católica, se casaron y vivieron juntos, hasta que la muerte los separó.

Recordaba Eduardo Salvo todas aquellas promesas vanas de su tío Chicho "Te voy a hacer nombrar Subsecretario de Estado, ya vas a ver pibe". Eduardo Salvo se reía porque su vida estaba arreglada, aunque le hubiera gustado haber podido ocupar algún puesto gubernamental que bien podría servir a los intereses de su familia.

Recordaba también el reciente caso de su amigo "Tolo" que resultó ser un "escandalete" de proporciones fellinescas. No podía ni siquiera pensar que su amigo Pardín, electo Juez Federal en Neuquén, hubiera sido capaz de semejantes abusos. Habían trabajado juntos en una de las empresas del Gruppo Salvo, habiendo sido Pardín, un gran asesor de confianza, versado en derecho, de buen aspecto, delicado y muy aplicado en las difíciles y complejas relaciones contractuales de una empresa multinacional.

Eduardo Salvo lo ayudó a Pardín a ser Juez Federal gracias al apoyo de su tío Chicho. En contraprestación Pardín le había ofrecido ser su Secretario del Tribunal. Eduardo aceptó en principio, aunque el asiento del Tribunal estaba muy lejos pero cerca de las concesiones petrolíferas que su padre con otros socios venían negociando en esa zona. No vendría mal, había pensado Eduardo Salvo. Pero ya era demasiado tarde porque Pardín había sido separado del cargo y enfrentaba un duro procesamiento en sede penal con visos de ser elevado a Juicio Oral y Público.

Tampoco le convenía a Salvo esta cuasi-amistad porque el asunto se volvía peligroso, si alguien si pusiera a averiguar las vinculaciones entre ellos. ¿Pero quién iba a saberlo? Sólo él y Chicho. Se olvidaba Eduardo, de la temible Luisa Yañez.

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