martes, 30 de diciembre de 2014

El hebreo el mestizo y el italiano - Dos -

Dos

Y viajamos con el hebreo rumbo a Perú, Panamá y Veragua.
El viaje lo tenía pensado desde hacía unos meses y en principio iba a ir solo. 
Pero el hebreo cuando se enteró dos semanas antes, insistió tanto en ir que lo embarqué, luego de pedir favores a conocidos de la compañía. 

El avión salió lleno, no cabía ni un alfiler más ni en personas ni en carga.
En vuelo nos hicimos amigotes de un cirujano plástico panameño, de un distribuidor de electrónica y un publicista de una agencia norteamericana. 
Pasamos una noche en Lima en el Simón Bolívar, antaño hotel de príncipes y en aquel momento venido a menos desgastado por los años pero que conservaba el esplendor de la belle epoque, con sus mármoles y suntuosas habitaciones. Recorrimos unas cuadras el centro de Lima donde vendedores ambulantes deambulaban y vendían sus baratijas en el piso, en una sucesión al infinito de mantas, los "manteros" que luego transformaron el panorama del sur del continente, rémoras de la crisis de fines de los 90s.

En la segunda escala se unió a nuestro grupo otro panameño, que era tripulante de un barco pesquero y regresaba a su casa, luego de casi un año sin tocar tierra firme.
Bebimos copiosamente en esa escala de Lima a Panamá, en virtud de la gentileza de la compañia, pilotos y azafatas a quienes conocía indirectamente y ellos a mí. 
Nos despachamos toda la bodega del avión, Johnnie Walker Black Label, Ron Bacardi y Coca Cola. Nuestro bartender fue el cirujano panameño, cuyas facciones eran muy parecidas a Hercules Poirot de la serie Agatha Christie.
El hebreo nos miraba sorprendido, con los ojos como si fueran dos huevos, porque toda la tripulación estaba muy alegre. El no probó ni una sola gota de alcohol.

Cuando llegamos a Veragua, el festejo siguió hasta al día siguiente pues me esperaban mis amigos y me embriagué a piacere. 
Al día siguiente apareció mi amigo Mix, el mestizo, con su sonrisa radiante exclamando a viva voz:
- ¡Hola, Tano, hermano!
- ¡Hola Mix! Amigo y hermano mío. Como ves, aquí estoy bien jumas.
Mix estalló en una carcajada y nos abrazamos.
Y le presenté al hebreo. 
- El es Ezrah, pero le decimos el hebreo o el ruso. Vos llamále como quieras - le dije a Mix
- Prefiero llamarle Ruso - dijo Mix.
- Ok. Y comó está mi camioneta? La has cuidado Mix?
- Está impecable.
- Bueno, vayamos a comer algo, unas bocas con cerveza porque tengo mucha hambre. Me muero de hambre y sed.
- Ha de ser por la goma de ayer,  dijo Mix.

El hebreo lo miraba de soslayo a Mix, riéndose socarronamente entre dientes. Algo que avizoraba problemas que no tardarían en producirse.

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