miércoles, 8 de julio de 2015
La Trompeta
Doña Sara era lo que podría decirse una matrona, una mujer hacendosa como las de antes. Cocinaba, zurcía, limpiaba, lavaba, planchaba, hacía las compras. Nunca tuvo personal doméstico. Su vida transcurría plácidamente. Durante largos años hacía muñecos, los mejores fueron los de la Pantera Rosa, que se vendían muy bien. Vinieron tiempos mejores cuando su marido encontró el "curro" de ser "bagayero" en Miami durante los años de la inflación galopante de los 80s. Llegados los 90s de vivir en un minúsculo departamento apretujados como sardinas, ella con su marido y los 2 hijos, se mudaron a La Paternal a un pisito sobre la Avenida Juan B. Justo. Tiempo después su marido se enfermó, le agarró un ACV y quedó tumbado sin articular palabra entendible durante 3 años. Cada dos por tres lo internaban. Cierta vez Doña Sara cansada de esa situación le zampó un cachetazo en la Clínica Güemes que casi lo desnuca. Al poco tiempo, su marido al que apodaban "Negro" murió. Ella colocó sus cenizas en su cuarto y le hablaba a las cenizas todos los días. "El siempre me habla y me contesta", decía la pobre Sara a su amiga. Su ira in crescendo la trasladó a su amiga octogenaria como ella, la única que le quedaba, la maltrababa todos los días, hasta que su amiga la "Nena" murió. Sara me maltrata, me dice cosas feas, que estoy loca, confiaba "Nena" a sus íntimos y lloraba amargamente. A un año de la muerte del "Negro" murió también su última amiga "Nena".
Un día sonó una trompeta. Sara pensó que eran por los festejos de Carnaval y quiso asomarse al balconcito francés. No llegó, su cuerpo se desplomó.
Cuando la encontraron, su boca estaba torcida, las cenizas esparcidas por la casa y en el azucarero con el que se disponía a tomar el té.
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